La montaña perdida
La montaña perdida —¡Es Cruzado! ¡Mi buen caballo! — exclamó conmovido Enrique.
El caballo volvÃa la cabeza pareciendo que querÃa burlarse de su perseguidor, mas, de pronto, media docena de lazos corredizos cayeron sobre su cuello.
—¡Ya lo han cogido!-exclamó el joven inglés con voz contenida por la emoción.
Pero poco después se tranquilizó al observar que ninguno de los lazos lo habÃa aprisionado.
—¡Que vengan más hombres para coger este maldito caballo!-gritó uno de los salvajes.
Acudieron algunos hombres más, pero mientras tanto Cruzado habÃase alejado a gran distancia de sus perseguidores, quienes, desanimados ya, desistieron por el momento de su empeño.
—¡Sois unos torpes!-les gritó el jefe—. ¡Hay que apoderarse de este caballo de un modo u otro! Mañana por la mañana ha de estar en mi poder.
Los salvajes, encolerizados contra el caballo que les habÃa valido el insulto de su jefe, volvieron al campamento resueltos a apoderarse de él a todo trance.
En cambio, en la cima del Cerro Perdido el efecto de aquella infructuosa persecución fué totalmente distinto, pues, no solamente Enrique Tresillian, sino todos los demás, sentÃan la mayor satisfacción del fracaso de los indios.