La montaña perdida
La montaña perdida —No hay que alegrarse demasiado-dijo Enrique al fin—, pues si se ha escapado hoy, tal vez mañana caiga en poder de esos criminales. Y si no consiguen cogerlo vivo, capaces serán de matarlo para vengarse de él.
Mientras tanto, en la llanura, los indios llevaban al campamento los animales capturados, relamiéndose de gusto al pensar en el botÃn que encontrarÃan en los carros y en las tiendas. Pero, en cuanto hubieron registrado el primer carro, los salvajes profirieron gritos de rabia, pues estaba vacÃo de cuanto pudiera tentar la codicia de los salvajes.
Este desencanto se repitió cuando se convencieron de que los blancos habÃan huido llevándose cuanto les fué posible y que no dejaron ni vÃveres ni objetos útiles para los pieles rojas.
Este desencanto no tuvo por resultado más que aumentar la cólera de los apaches—, contra los rostros pálidos, de quienes se— prometieron vengarse cruelmente en cuanto se presentara la ocasión favorable.
—Nos quedaremos aquà hasta que esos rostros pálidos hayan consumido los vÃveres-exclamó el Cascabel—. Por lo demás, no hay que pensar en atacarlos. Nos apoderaremos de ellos cuando estén medio muertos de hambre. Vamos a instalarnos en el campamento de un modo permanente, alojándonos en los carros, donde estaremos muy bien.