La montaña perdida
La montaña perdida —No me parece que los mineros se rindan en seguida. Deben de tener abundantes provisiones, sin contar con lo que pueden cazar en la montaña. Es posible que luego puedan pedir socorro, y, en tal caso, nos verÃamos obligados a levantar el sitio sin vengarnos.
—El Cascabel no se irá con esta facilidad— replicó el otro, levantando ligeramente la voz—. Antes habrá matado a todos los hombres y se habrá llevado a todos los niños y a todas las mujeres.
El que acababa de hablar era, efectivamente, el Cascabel, el jefe de los coyotes, al que acompañaba uno de los subjefes.
Mientras tanto, en lo alto del monte vigilaban. Don Esteban conocÃa perfectamente la táctica de los pieles rojas, y por eso no temÃa un ataque antes del dÃa siguiente. AsÃ, pues, permitió que la mayor parte de los hombres se entregaran al sueño, pero estaban encargados de la vigilancia Pedro Vicente y su fiel compañero Enrique Tresillian.
Por mucho que éstos se desojaban mirando, nada veÃan, a causa de la obscuridad, que parecÃa haberse aliado con los indios.
—Nada bueno pienso de este silencio— dijo el mejicano al joven—. Don Esteban cree que los indios no intentarán asaltarnos esta noche, pero tratándose de los pieles rojas, jamás se sabe lo que harán.