La montaña perdida
La montaña perdida Hubo unos instantes de silencio, y Pedro Vicente añadió:
—Es probable que los indios no nos ataquen esta noche ni mañana, pues se habrán dado cuenta de la excelente situación en que nos hallamos.
—Además, ignoran nuestro número-indicó el joven—, y según tengo entendido, no se muestran nada atrevidos cuando han de contender con un grupo de hombres más numeroso que ellos mismos.
—Por mi parte me gustarÃa que los salvajes se resolviesen al ataque-dijo el mejicano acariciando su fusil—. Asà se me ofrecerÃa la ocasión de recompensar al Cascabel por el macabro dibujo que hizo pintar en mi pecho.
—Esperemos que tenga usted esta oportunidad-dijo el joven.
—¡No lo espero! Pero tarde o temprano he de arreglar las cuentas a ese bandido.
Dichas estas palabras, los dos blancos guardaron silencio. El mejicano seguÃa explorando la llanura y le pareció ver algunas sombras alrededor del campamento. Sin duda, eran los centinelas de los pieles rojas.
—No nos atacarán esta noche-dijo Pedro Vicente a su compañero—. No se advierte que hagan preparativos de ninguna clase. Sin duda, duermen hace rato y el jefe ha puesto centinelas. MÃrelos.
—Ya los veo-contestó Enrique.