La montaña perdida
La montaña perdida —Vamos a echarnos al suelo, sacando la cabeza solamente para observar-aconsejó el mejicano—. Así no podrán vernos aunque vuelva a salir la luna.
Hiriéronlo así y quedaron de tal manera ocultos entre las rocas, que los indios dotados de mejor vista no habrían podido descubrirlos.
El mejicano, cómodamente instalado, sacó un cigarrillo de la petaca y se disponía a encenderlo, cuando el joven inglés le preguntó si no temía que los indios pudieran ver el fuego del cigarro; pero aquél le contestó que no debía temerlo, pues estaban suficientemente protegidos por las rocas, sin contar con que ya tenía cuidado de evitarlo.
Mientras el mejicano fumaba tranquilamente, pudo observar que las nubes corrían rápidas por el cielo y que, muy en breve, quedaría la luna al descubierto. Así ocurrió, en efecto, porque, a los pocos minutos, surgió la luna esplendorosa, que iluminó la vasta llanura con luz que podía parecer la del día. Inmediatamente la atención de don Pedro fué solicitada por los dos indios que paseaban, y en uno de ellos no tuvo dificultad alguna para reconocer al jefe de los pieles rojas.
La luna alumbraba perfectamente un objeto que, desde lejos, parecía estar clavado en el pecho del indio.
—No hay duda alguna-dijo el mejicano al compañero—. Es el cráneo que el jefe lleva dibujado en el pecho.