La montaña perdida
La montaña perdida Y sin añadir más, Pedro Vicente apuntó cuidadosamente con su carabina, y apretando el gatillo, se oyó el disparo, seguido de un grito de dolor y de otro de cólera.
—He dado al que quería matar-dijo el mejicano tranquilamente—. El grito de dolor es del Cascabel y el otro de su compañero.
Enrique vió, en efecto, que uno de los dos hombres sostenía al otro, herido o muerto. Desde donde se hallaba, era imposible darse cuenta de si la bala había matado o no al jefe de los coyotes y, además, en aquel momento, las nubes volvieron a ocultar la luna y las sombras invadieron otra vez el monte y la llanura.