La montaña perdida
La montaña perdida —Me parece que oigo gritos procedentes del llano-observó Tresillian.
En efecto, aquel ruido que, al principio, fué débil, se hizo más poderoso y los mineros pudieron reconocer que eran los pieles rojas que se lamentaban por la muerte de su jefe.
—Ya están entonando la canción de la muerte-dijo el gambusino.
—Efectivamente. Este canto es muy lúgubre-observó don Esteban.
De vez en cuando unas notas muy agudas interrumpÃan el canto de los salvajes. Eran los gritos de cólera o de guerra que pedÃan venganza. Evidentemente los hombres rojos solamente quedarÃan contentos después de haber derramado la sangre de los blancos.
Y al mismo tiempo que gritaban, los coyotes blandÃan sus armas, aullando en la obscuridad:
—¡Con la sangre de los rostros pálidos vengaremos la muerte de nuestro jefe! ¡Sangre por sangre!
Aquel vocerÃo y aquellos cánticos duraron más de una hora, pero, de pronto, todo cesó, y sucedió un silencio absoluto que pareció de mal agüero para los sitiados.
Estos sentÃanse inquietos, pues a causa de la obscuridad no podÃan ver la garganta ni la llanura e ignoraban por completo qué estaban haciendo sus enemigos.