La montaña perdida
La montaña perdida —Tal vez, enfurecidos como están, han resuelto atacarnos a toda costa-sugirió don Pedro—. La obscuridad les ayudarÃa en tal intento.
Esta probabilidad hizo que todos los centinelas redoblaran su atención, y, para prevenirse mejor contra una sorpresa, se aumentó el número de los que vigilaban.
Don Esteban hizo transportar numerosas piedras y rocas junto a la garganta, diciendo:
—Cuando estemos seguros de que tratan de subir, no tenemos que hacer más que soltar esas piedras que irán a aplastarlos.
Si escapan con vida de este alud de piedras, será preciso confesar que los pieles rojas tienen el alma, bien atornillada al cuerpo. Pero no creo que resistan ese granizo-observó don Pedro.
Mientras tanto, en la llanura reinaba el mayor silencio, y eso, lejos de tranquilizar a los mineros, los ponÃa en mayor cuidado.
El gambusino estaba atento, pero como no podÃa oÃr nada, dijo:
—Lo mejor que podemos hacer es arrojar algunas ramas y piedras a la garganta. Si por ella están los indios oiremos sus gritos de dolor. —Buena idea-dijo don Esteban. En seguida, los hombres arrojaron ramas y piedras desde lo alto de la roca, y al caer originaron un ruido continuado que parecÃa aumentar, gracias a los ecos, pero ninguna voz vino a sumarse al estruendo.