El acuerdo
El acuerdo Richard VanRyan aplastó el vaso de cristal en su mano, sus nudillos blancos por la fuerza que ejercÃa. El restaurante, lleno de conversaciones y risas, parecÃa desvanecerse a su alrededor mientras su mundo se tambaleaba. Frente a él, su jefe, David, le soltaba las palabras que encendieron la mecha: —Tyler será ascendido a socio. Richard se inclinó sobre la mesa, sus ojos ardiendo. —¿Qué dijiste? David lo miró, imperturbable, como si estuviera dando el pronóstico del clima. —Es simple, Richard. Tyler trajo más ingresos este año. El ascenso. La meta que lo habÃa obsesionado durante meses. Nueve millones asegurados para la empresa, sacrificando cada segundo, cada resquicio de vida personal. Y ahora, se lo arrebataban. Regresó al despacho como un huracán, arrojando la chaqueta manchada sobre el escritorio de Katharine Elliott, su asistente. —¿Qué narices le he dicho sobre comer en la mesa? —gruñó al ver el sándwich a medio morder en su mano. Ella se levantó de golpe, nerviosa pero digna. —Señor VanRyan, yo... pensé que— —¡No piensa! —le espetó, arrancándole el sándwich con desprecio—. ¿Mantequilla de cacahuete? Qué deprimente. Katharine no respondió. SabÃa que cualquier palabra empeorarÃa la tormenta. Era pequeña, menuda, con una compostura implacable que contrastaba con la furia de su jefe. Richard, con su metro noventa y dos y su presencia dominante, la veÃa como una molestia, un instrumento útil pero molesto. Sin embargo, debajo de su fachada de acero, Katharine lo despreciaba. Cada insulto era como un golpe más en una armadura que llevaba años construyendo. Necesitaba este trabajo, aunque significara soportar a un hombre cuya ética profesional era tan cuestionable como su trato humano. Aquella noche, mientras Richard contemplaba su próxima jugada en un bar, surgió una idea. Necesitaba un cambio radical, una estrategia que lo pusiera por encima de todos. Pero requerÃa a alguien confiable. O al menos, alguien que no pudiera negarse. Al dÃa siguiente, la llamó a su despacho. —Señorita Elliott, cierre la puerta. Katharine se tensó. Nada bueno surgÃa de esa frase. Se sentó frente a él, su libreta lista para anotar cualquier nueva humillación. Richard se inclinó, sus ojos clavados en los de ella. —Voy a hacerle una propuesta, y le sugiero que la acepte. Ella lo miró, desconfiada. —¿De qué se trata? —Quiero que se convierta en mi prometida. El mundo de Katharine se detuvo.