El acuerdo
El acuerdo Katharine parpadeó, buscando algún indicio de que lo habÃa escuchado mal. Pero no. Allà estaba él, Richard VanRyan, reclinado en su silla como si acabara de proponer algo tan trivial como ordenar café. —¿Disculpe? —logró decir, su voz una mezcla de incredulidad y furia contenida. Richard no perdió la compostura. SabÃa que ella reaccionarÃa asÃ, pero también sabÃa que estaba acorralada. —Es sencillo. Necesito a alguien que finja ser mi prometida. Alguien que sea creÃble y... manejable. —¿Manejable? —repitió Katharine, sintiendo que la sangre le hervÃa. Richard la ignoró, concentrándose en el vaso de agua frente a él. —La situación es esta: quiero salir de esta empresa. Gavin Group tiene una polÃtica que favorece a los empleados con valores familiares. Si parezco estable, comprometido, tendré una ventaja que Tyler no puede superar. Katharine lo observó, tratando de procesar lo que acababa de escuchar. Esto era una locura, incluso para alguien como él. —¿Y me está pidiendo que... finja ser su prometida para un ascenso? —Exacto. —Richard la miró directo a los ojos, su tono más frÃo que nunca—. Y antes de que diga que no, permÃtame recordarle algo: este trabajo lo necesita más que yo. El golpe fue directo, implacable. Katharine sintió que el aire se le escapaba de los pulmones, pero se obligó a mantenerse firme. —Esto es inaceptable. No soy parte de sus juegos, señor VanRyan. Richard sonrió, una sonrisa sin alegrÃa. —No es un juego. Es un trato. Y, créame, sé lo que vale. Duplicaré su salario y le pagaré una bonificación sustancial al final del acuerdo. Katharine quiso gritarle, arrojarle su libreta a la cara y salir corriendo de ese despacho. Pero no podÃa. No con las facturas acumulándose, no con la presión de mantenerse a flote. —¿Y qué espera que haga exactamente? —preguntó, cada palabra pesándole como plomo. —Asistirá a eventos conmigo, se mudará a mi casa... —Richard hizo una pausa, deleitándose en el efecto que causaban sus palabras—. Y hará que todos crean que estamos enamorados. Katharine apretó los puños, su mente buscando una salida que no existÃa. —¿Qué pasa si no funciona? ¿Si alguien descubre que es una mentira? Richard se encogió de hombros. —Eso no ocurrirá si hace lo que le digo. El silencio se extendió entre ellos, cargado de tensión. Finalmente, Katharine habló, su voz temblando de indignación y resignación. —Está bien. Acepto. Richard sonrió, satisfecho. —Buena decisión. Ahora, comencemos a planear los detalles. Pero mientras Katharine salÃa del despacho, supo que habÃa firmado algo mucho más complicado que un simple contrato. HabÃa aceptado convertirse en parte de un juego que, estaba segura, terminarÃa destrozándola.