El acuerdo
El acuerdo Katharine entró a la casa de Richard con pasos inseguros, cargando dos maletas y una sensación de arrepentimiento que se le clavaba en el pecho. La puerta se cerró detrás de ella con un eco que resonó demasiado fuerte. El lugar era frío y moderno, como él: todo cristal, acero y líneas limpias, sin un solo toque personal. Richard apareció en la sala, observándola con su característica expresión de superioridad. —Las habitaciones están arriba. Escoge una. —Se giró hacia la cocina, sin molestarse en ayudarla. Katharine apretó los labios. ¿Qué esperaba? ¿Caballerosidad? Desde el momento en que aceptó su propuesta, había quedado claro que esto sería una transacción y nada más. Subió las escaleras y eligió la habitación más alejada, agradeciendo al menos ese pequeño respiro de distancia. Horas después, se encontraron en la sala para discutir el plan. Richard, con un vaso de whisky en la mano, se recostó en el sofá, mientras Katharine permanecía rígida en la butaca frente a él. —Primero, las reglas —comenzó Richard, con la autoridad de quien daba órdenes a diario—. Tienes que estar disponible para cualquier evento. No cuestionarás mi comportamiento en público ni en privado. —Entendido —respondió ella, fría. —Y mantendremos las interacciones al mínimo en casa. No estamos aquí para ser amigos. Katharine soltó una risa amarga. —Créame, eso no será un problema. Richard no respondió, pero sus ojos se entrecerraron, como si su orgullo hubiera sentido el golpe. El primer desafío llegó dos días después, en una cena de gala organizada por Gavin Group. Al entrar juntos, Katharine sintió la presión de las miradas. Eran un espectáculo, y todos estaban ansiosos por diseccionar cada detalle de la supuesta relación. Richard la sostuvo por la cintura con una facilidad desconcertante. —Relájate. No tienes que hacer nada excepto sonreír y asentir. —No soy una muñeca de adorno, Richard —murmuró ella entre dientes, manteniendo la sonrisa para el público. Pero, para su sorpresa, las cosas fluyeron con relativa calma. Richard sabía cómo manipular a las personas, y su carisma llenaba la habitación. Katharine, a su pesar, comenzó a comprender cómo había logrado llegar tan lejos en su carrera. Al final de la noche, cuando regresaron a la casa, Katharine se descalzó en la sala, agotada. —¿Así es siempre? —preguntó, más para sí misma que para él. Richard la miró desde la cocina, donde se servía otra copa. —Así es cuando no tienes otra opción. Por un momento, su tono pareció menos cortante, casi humano. Pero desapareció tan rápido como llegó. Katharine subió a su habitación sin decir una palabra más. Mientras se acostaba, algo la inquietaba. Había atisbos de vulnerabilidad en Richard, pequeñas grietas en su fachada de arrogancia. No era suficiente para confiar en él, pero lo suficiente para sentir que esta farsa sería más complicada de lo que había imaginado.