El acuerdo
El acuerdo La rutina comenzó a instalarse. Las noches de eventos, las mañanas de silencios incómodos en la cocina, las miradas rápidas que compartÃan sin entender del todo lo que buscaban. Richard y Katharine jugaban su papel con una precisión inquietante. Cada sonrisa falsa y cada toque casual en público fortalecÃan su fachada. Pero en la soledad de la casa, el aire se llenaba de tensión. Un jueves por la noche, después de una cena particularmente agotadora con los socios de Gavin Group, Richard se dejó caer en el sofá mientras Katharine regresaba de la cocina con dos tazas de té. —No sabÃa que tomabas té —dijo Richard, sorprendido. —Tampoco sabÃa que tenÃas un lado civilizado —respondió ella, colocándole la taza frente a él. —Lo tengo, cuando la ocasión lo amerita. Por un momento, Katharine se permitió relajarse. El cansancio habÃa debilitado sus barreras, y el silencio que compartÃan parecÃa menos amenazante que de costumbre. Fue Richard quien rompió el momento. —¿Por qué aceptaste? Ella lo miró, desconcertada. —¿Perdón? —El acuerdo. —Richard sostuvo su mirada, dejando la taza en la mesa—. PodrÃas haber renunciado, buscar otro trabajo. Katharine dudó. HabÃa algo en su tono, una curiosidad genuina que la desarmaba. Finalmente, respondió: —No tenÃa elección. Necesito este empleo más de lo que puedes imaginar. Richard no respondió de inmediato. Sus ojos azules, normalmente duros, parecÃan menos impenetrables. —¿Familia? —No tengo. —Katharine bajó la vista hacia su taza. —¿Amigos? —Algunos. Pero nadie que pueda ayudarme como para salir de esto. Richard asintió, como si estuviera juntando piezas de un rompecabezas que nunca habÃa intentado armar. —¿Y tú? —preguntó Katharine, inesperadamente. Richard arqueó una ceja. —¿Yo qué? —¿Por qué haces esto? Tú tampoco necesitas fingir. PodrÃas encontrar otra manera de impresionar a esos tiburones de Gavin Group. Richard soltó una risa seca, amarga. —¿Crees que no lo intenté? Lo que pasa es que esta es la forma más rápida. Y odio perder tiempo. Pero habÃa algo más, Katharine lo sabÃa. Lo veÃa en la rigidez de sus hombros, en la forma en que evitaba su mirada. Sin embargo, decidió no insistir.