Billy Budd, marinero

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Al principio, Billy no lo entendió. Cuando lo hizo, el rosa de sus mejillas pareció contagiado por la lepra blanca. Fue como si lo hubiesen empalado y amordazado. Entretanto, los ojos del acusador, fijos en sus dilatados ojos azules, sufrieron un cambio portentoso: el acostumbrado color violeta se fue enturbiando hasta adquirir un tono purpúreo y fangoso. Esos faros de la inteligencia perdieron la expresión humana, y sobresalieron gélidos como los ojos extraños de ciertos animales no catalogados de las profundidades. La primera mirada hipnótica fue fascinadora como la de la serpiente; la última, paralizante como la sacudida del pez torpedo.

—¡Habla, hombre! —le espetó el capitán Vere al verlo demudado, y más impresionado aún por su aspecto que por el de Claggart—. ¡Habla! ¡Defiéndete!

Su apelación causó en Billy apenas un extraño gesto mudo y gorgoteante; la sorpresa ante una acusación semejante pronunciada contra un menor de edad inexperto; eso, y tal vez el horror de los ojos del acusador, sirvieron para sacar a la luz su defecto del habla, intensificarlo y convertirlo en un convulso trabalenguas; mientras la tensa cabeza y toda su figura, al esforzarse agónicamente por obedecer la orden de hablar y defenderse, daban a su rostro una expresión parecida a la de una vestal condenada en el momento de ser enterrada viva y de debatirse por primera vez contra la asfixia.


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