Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero Aunque hasta entonces el capitán Vere nada sabía de aquel impedimento vocal, enseguida se hizo cargo de lo que ocurría, pues Billy le recordó con viveza a un joven compañero de estudios a quien había visto una vez afectado por la misma sorprendente impotencia cuando se levantó en clase ansioso por ser el primero en responder a una difícil pregunta planteada por el maestro. Se acercó al joven marinero, le puso la mano en el hombro para tranquilizarle y dijo:
—No hay prisa, hijo. Con calma, con calma.
Contrariamente al efecto deseado, esas palabras de tono tan paternal sin duda conmovieron a Billy en lo más profundo y llevaron a esfuerzos aún más violentos por hablar, unos esfuerzos que cesaron enseguida, como confirmando su parálisis, y prestaron a su rostro una expresión que era un suplicio contemplar. Un instante después, rápido como la llama de un cañón en la noche, su brazo derecho salió disparado, y Claggart se desplomó en la cubierta. Ya fuese intencionadamente o debido a la mayor altura del joven atleta, el golpe acertó de lleno en la frente, tan bella e intelectual, del maestro de armas, que cayó cuan largo era, como una pesada tabla que alguien hubiese desplazado de la posición vertical. Una boqueada o dos, y quedó inmóvil.
—¡Desdichado! —suspiró el capitán Vere en voz tan baja que casi era un susurro—, ¿qué has hecho? Vamos, ayúdame.