Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero Los dos levantaron al caído sujetándolo por la espalda y lo sentaron en el suelo. El cuerpo delgado obedecía con flexibilidad, pero estaba inerte. Era como sujetar una serpiente muerta. Volvieron a tumbarlo. El capitán Vere se incorporó, se cubrió la cara con la mano y se quedó tan inmóvil como el objeto que tenía a sus pies. ¿Estaba absorto pensando en las consecuencias de lo sucedido y en lo que convenía hacer, no solo en ese momento sino después? Poco a poco, apartó la mano de la cara, y el efecto fue como si la luna surgiese de un eclipse con un aspecto distinto al que tenía antes de ocultarse. Al padre que llevaba dentro, y que había mostrado ante Billy hasta ese momento, lo sustituyó el juez militar. En tono oficial indicó al gaviero que se retirase a una cámara que había a popa (señalándola con el dedo) y que se quedara allí hasta que mandase llamarle. Billy obedeció mecánicamente la orden sin decir nada. Luego el capitán Vere fue a la puerta que daba al alcázar y le dijo al centinela que esperaba fuera:
—Que alguien envíe aquí a Albert.
Cuando apareció el muchacho, su amo se las arregló para que no viese el cuerpo tendido en el suelo y le dijo:
—Albert, dile al cirujano que quiero verle. No hace falta que vuelvas hasta que te llame.