Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero Cuando el gaviero se encontró en el camarote, encerrado, por asà decirlo, con Claggart y el capitán, se llevó una buena sorpresa. No obstante, fue una sorpresa carente de temor, aprensión o desconfianza. Para una naturaleza inmadura, en esencia honesta y humana, las insinuaciones y advertencias de los peligros más sutiles por parte de un semejante se producen tarde si es que llegan a producirse. Lo único que cobró forma en la imaginación del joven marinero fue esto: «SÃ, siempre he pensado que el capitán me veÃa con buenos ojos. Tal vez quiera nombrarme patrón de su lancha. Me gustarÃa. A lo mejor quiere pedirle referencias sobre mà al maestro de armas».
—Cierra la puerta, centinela —dijo el capitán—, espera fuera y no dejes entrar a nadie. Bueno, maestro de armas, decidle a la cara a este hombre lo que me habéis dicho a mÃ. —Y se dispuso a examinar los rostros enfrentados.
Con el paso mesurado y el aire contenido y calmoso del médico que en el paraninfo de un hospital se aproxima a un paciente con sÃntomas incipientes de un inminente paroxismo, Claggart se acercó despacio a Billy y, mirándolo con gesto hipnótico a los ojos, repitió de manera sucinta la acusación.