Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero El soldado que habÃa seguido de pie al lado del marinero durante todo el procedimiento judicial —el mismo que montaba guardia a la puerta del camarote cuando entraron en él el gaviero y el maestro de armas— recibió entonces la orden de devolverlo a la cámara de popa que habÃan asignado desde el principio al prisionero y a su custodio. En cuanto los dos desaparecieron de la vista, los tres oficiales, como liberados de una especie de reparo asociado a la presencia de Billy, se movieron a la vez en sus asientos. Luego intercambiaron una mirada indecisa y preocupada, sabedores de que debÃan tomar una decisión cuanto antes. En cuanto al capitán Vere, siguió de pie —dándoles inconscientemente la espalda y absorto, al parecer, en sus pensamientos—, asomado a una de las portillas de barlovento y contemplando el monótono vacÃo del mar a la luz del crepúsculo. Pero el silencio continuado del tribunal, interrumpido solo por breves deliberaciones en voz grave y baja, sirvió para insuflarle energÃa. Dio media vuelta y se dedicó a ir y venir por el camarote, sin reparar en que cada vez que ascendÃa a barlovento por la cubierta inclinada cuando el barco escoraba a sotavento, simbolizaba la acción de un espÃritu decidido a superar las dificultades aun cuando fuese contra instintos primitivos tan fuertes como el viento y el mar. Por fin se detuvo delante de los tres. Después de examinar sus rostros dio la impresión de estar, no recapitulando sus pensamientos, sino deliberando para sus adentros cómo exponérselos a unos hombres bien intencionados e inmaduros desde el punto de vista intelectual, ante los que era necesario demostrar ciertos principios que para él eran axiomas. La misma impaciencia es tal vez la que impide a ciertas inteligencias dirigirse a una asamblea popular.