Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero —Caballeros, por legÃtimo que eso sea dadas las circunstancias, debéis tener en cuenta las consecuencias de vuestra clemencia. La gente —dijo, refiriéndose a la tripulación— tiene sentido común; la mayorÃa conoce nuestras costumbres y tradiciones navales; ¿cómo creéis que lo interpretarÃa? Vuestro cargo os lo prohÃbe, pero, aunque pudieseis explicárselo, lleva tanto tiempo sometida a una disciplina arbitraria que ha perdido esa sensibilidad inteligente que podrÃa permitirle discriminar y comprenderlo. No, da igual cómo lo formuléis: para la gente lo cometido por el gaviero será un homicidio y un acto flagrante de amotinamiento. Ellos saben cuál es la pena que debe aplicarse. Pero no se aplica. ¿Por qué?, se preguntarán. Ya sabéis cómo son los marineros. ¿Pensáis que no recordarán los recientes disturbios en el Nore? SÃ. Conocen la bien fundada alarma y el pánico que recorrió Inglaterra. ConfundirÃan vuestra clemencia con pusilanimidad. PensarÃan que nos acobardamos, que les tenemos miedo, que tememos aplicar un rigor legÃtimo y exigido por las presentes circunstancias, por miedo a nuevos disturbios. Qué deshonra para nosotros dar pábulo a semejantes conjeturas y qué golpe mortal a la disciplina. Ya debéis de estar imaginando hacia dónde me empujan el deber y la ley. Pero os imploro, amigos mÃos, que no me malinterpretéis. Yo también compadezco a ese desdichado muchacho. Aunque lo tengo por alguien de naturaleza tan generosa que creo que, si conociera nuestros motivos, incluso se compadecerÃa él de nosotros, sobre quienes ha recaÃdo tan grave obligación en esta necesidad militar.