Billy Budd, marinero

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XXV

La noche, tan luminosa en la cubierta de abrigo y tan oscura en las cavernosas cubiertas inferiores, parecidas a las galerías cubiertas de una mina de carbón, pasó por fin. Pero, igual que el profeta desapareció en su carro por el cielo y le dejó su manto a Eliseo[46], la oscuridad, al retirarse, entregó su pálida túnica al día que despuntaba. Una luz suave y tímida apareció por el este, donde se difundió un diáfano vellocino de vapor surcado de blanco. La luz fue aumentando despacio. De pronto, se oyeron a popa ocho campanadas, a las que respondió un sonido metálico más fuerte a proa. Eran las cuatro de la mañana. Al instante sonaron los silbatos de plata que convocaban a todo el mundo a presenciar el castigo. Por las grandes escotillas rodeadas de armeros con proyectiles de gran calibre fueron saliendo los hombres que estaban de guardia abajo y se mezclaron con los de arriba que ya se hallaban en cubierta y ocupaban el espacio entre el palo mayor y el trinquete, e incluso la lancha y las negras botavaras que había estibadas a ambos lados y que servían de atalayas a los muchachos encargados de llevar la pólvora a los cañones y a los marineros más jóvenes. Un grupo diferente formado por una guardia de gavieros se apoyaba en la regala de ese balcón marino, no precisamente pequeño en un setenta y cuatro cañones, y contemplaba a la muchedumbre de abajo. Ya fuesen hombres hechos y derechos o casi niños, casi nadie hablaba y si lo hacían era entre susurros. El capitán Vere —igual que la vez anterior, en medio de los oficiales— se hallaba al extremo de la cubierta de popa mirando a proa. Justo debajo, en el alcázar, los infantes de marina esperaban en formación y con todo el equipo como cuando se promulgó la sentencia.


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