Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero Claggart rondaba los treinta y cinco años, era más bien alto y enjuto, aunque no mal parecido. Sus manos eran demasiado pequeñas y bien formadas para haber conocido el trabajo duro. Su rostro era notable, todos los rasgos, excepto la barbilla, parecían sacados de un medallón griego; no obstante, dicha barbilla, lampiña como la de Tecumseh[23], tenía una anchura protuberante que recordaba a los retratos del reverendo Titus Oates, aquel cronista con resabios clericales de la época de Carlos II y del fraude de la supuesta Conjura Papista.[24] A Claggart le resultaba de gran ayuda su mirada autoritaria. Su frente era de esas que los frenólogos asociaban a un intelecto más agudo de lo normal; unos rizos negros y sedosos caían sobre ella y aumentaban el contraste con la palidez de abajo, que estaba teñida de ese leve matiz ambarino característico de los mármoles antiguos. Ese color de piel, que contrastaba de forma singular con los rostros rubicundos o muy bronceados de los marineros y se debía en parte a su escasa exposición al sol durante el desempeño de su cargo, aunque no resultara exactamente desagradable, parecía revelar algún defecto o anormalidad en su sangre y en su constitución. Sin embargo su porte y su apariencia evocaban una educación y una carrera tan opuestos a sus funciones en la Armada que, cuando no estaba de servicio, parecía un hombre de gran calidad, tanto social como moral, que por algún motivo prefería mantener el anonimato. Nada se sabía de su vida pasada. Tal vez fuese inglés, aunque su acento insinuaba la posibilidad de que no lo fuese de nacimiento, sino por naturalización en la primera infancia. Entre algunos viejos chismosos de la cubierta de cañones y el castillo de proa corría el rumor de que el maestro de armas era un chevalier que se había enrolado como voluntario en la Armada de su majestad para expiar cierta misteriosa estafa por la que lo había perseguido la justicia del rey. El hecho de que nadie pudiera demostrarlo, por supuesto, no impedía que siguiera circulando. En la época en que transcurre este relato, bastaba con que se iniciase un rumor así en la cubierta de cañones sobre cualquiera que no fuese un oficial para que gozase de credibilidad entre los marineros de un buque de guerra. Y, de hecho, que una persona con las cualidades de Claggart, sin experiencia náutica previa, se enrolase en la Armada en la madurez de la vida, como había hecho él, y se viese obligado a empezar desde lo más bajo, eran circunstancias que, unidas a la falta de datos sobre su pasado, ofrecían a los malintencionados un amplio margen para las conjeturas desfavorables.