Billy Budd, marinero

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Pero esas habladurías de los marineros en las guardias de cuartillo eran también vagamente plausibles no solo porque era notorio que la Armada británica no podía permitirse miramientos a la hora de completar sus tripulaciones, por lo que, tanto en el mar como en tierra firme, había gente enrolada a la fuerza, sino porque tampoco era ningún secreto que la policía londinense gozaba de libertad para detener a cualquier sospechoso o individuo de dudosa reputación y enviarlo de forma sumaria a la flota o los astilleros. Es más, incluso entre los que se enrolaban como voluntarios, había quienes no lo hacían por impulso patriótico ni por un azaroso deseo de probar la vida en el mar y las aventuras castrenses. Tanto los deudores insolventes como los inmorales irredentos encontraban en la Armada un refugio cómodo y seguro porque, una vez a bordo de un navío del rey, se hallaban tan a salvo como los transgresores de la Edad Media cuando se acogían a sagrado bajo el altar. Tales irregularidades toleradas, a las que por razones obvias el Gobierno no dio publicidad en su momento y que en consecuencia, y por afectar a las clases menos influyentes, han caído casi en el olvido, dan colorido a algo de cuya veracidad no puedo responder y que por tanto tengo escrúpulos en afirmar aquí; algo que recuerdo haber leído, aunque no recuerdo en qué libro; y que me contó hace más de cuarenta años un anciano pensionista con un sombrero de tres picos con quien tuve una interesantísima conversación en la terraza de Greenwich[25], un negro de Baltimore que había combatido en Trafalgar. Me dijo lo siguiente: que, cuando un buque de guerra con la tripulación incompleta tenía que hacerse con urgencia a la mar, los puestos vacantes se completaban, a falta de nada mejor, con gente sacada directamente de presidio. Por las razones antes aludidas, tal vez su acusación no resulte fácil de demostrar o refutar. Pero, de ser cierta, qué reveladora sería de las dificultades sufridas por una Inglaterra enfrentada a esas guerras que, como una bandada de arpías, levantaron chillando el vuelo entre el polvo y el estrépito producidos por la caída de la Bastilla. Hoy esa época nos parece meridianamente clara a quienes contemplamos el pasado solo a través de la lectura. Pero para los abuelos de quienes ya peinamos canas, al menos para los más sensatos, su espíritu debió de ser como el Espíritu del Cabo de Camoens[26], una amenaza oscura, misteriosa y extraordinaria. Ni siquiera América se vio libre de aprensiones. Cuando las inigualables conquistas napoleónicas alcanzaron su cénit, algunos americanos que habían combatido en Bunker Hill empezaron a dudar de si el Atlántico serviría como barrera contra los planes de aquel portentoso advenedizo francés surgido del caos revolucionario que parecía decidido a que se cumpliera el juicio prefigurado en el Apocalipsis.


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