Billy Budd, marinero

Billy Budd, marinero

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El caso es que, cuando fue en busca del arrugado anciano para preguntarle por aquella misteriosa dificultad con la que había tropezado, Billy lo encontró libre de servicio meditando para sus adentros en el cuartillo de guardia, sentado en una caja de municiones de la cubierta de cañones y observando de cuando en cuando con cinismo a algunos de los marineros más jactanciosos que pasaban por allí. Billy le contó sus problemas y le expresó su sorpresa ante lo sucedido.

El oráculo marinero le escuchó con atención y acompañó el relato del gaviero de una serie de extrañas contracciones de sus arrugas y preocupados centelleos en sus ojillos de hurón. A modo de conclusión, el gaviero preguntó:

—Bueno, danés, dime qué es lo que opinas.

El anciano se subió la visera del gorro de tela embreada, se rascó despacio la larga cicatriz hasta el punto donde se unía con el cabello fino y dijo lacónico:

—Bebé Budd, Jemmy el Piernas[27] –refiriéndose al maestro de armas —la ha tomado contigo.

—¡Jemmy el Piernas! —exclamó Billy abriendo los ojos cerúleos—. ¿Por qué? Pero si me han dicho que me llama «ese muchacho tan dulce y amable».

—¿Ah, sí? —El viejo sonrió y añadió—: ¡Ay, Bebé, es que Jemmy el Piernas es muy zalamero!

—No, no siempre. Aunque conmigo lo es. Siempre que paso a su lado me dice algo agradable.


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