Billy Budd, marinero

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Pero lo que, en los casos más notables, delata a una naturaleza tan excepcional es lo siguiente: por más que su temperamento apacible y su comportamiento discreto parezcan propios de una inteligencia particularmente sometida a las leyes de la razón, su corazón puede hallarse en total rebeldía contra dichas leyes y utilizarlas únicamente como un utensilio ambidiestro para actuar con irracionalidad. O lo que es lo mismo: recurrirá a juicios fríos, sagaces y razonables para lograr objetivos tan gratuitos y atroces que resultan demenciales. Esos hombres son dementes, y de la peor especie, pues su locura no es continua sino ocasional, y solo la despierta un objeto en particular, su discreción la protege, lo que equivale a decir que se domina a sí misma, de manera que, aun cuando está más activa, una persona normal apenas podría distinguirla de la cordura por lo que llevamos dicho: que sean cuales sean sus objetivos —y nunca los revela— su método y su forma de actuar son siempre racionales.

Algo de eso tenía Claggart, en quien la manía de una naturaleza malvada no la habían engendrado una educación equivocada, los libros corruptores o una vida licenciosa, sino que era innata y había nacido con él: era en suma «una depravación conforme a naturaleza».



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