Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero Lo cierto es que la envidia y la antipatía, pasiones irreconciliables con la razón, pueden aparecer unidas como Chang y Eng[33] en un solo parto. Pero ¿es la envidia tan monstruosa? Bueno, aunque muchos mortales han confesado crímenes terribles ante el tribunal con la esperanza de mitigar su condena, ¿hay alguien que haya confesado sentir envidia? Es como si todo el mundo aceptase que es más deshonrosa que el crimen más atroz. Y no es solo que todos renieguen de ella, sino que hasta los mejores se muestran incrédulos si se le atribuye a un hombre inteligente. Pero, dado que se aloja en el corazón y no en el cerebro, la inteligencia no es una garantía. Sin embargo, la de Claggart no era una forma vulgar de dicha pasión. Y, dirigida como estaba contra Billy Budd, no manaba de esa vena de celos temerosos que contraían el rostro turbado de Saúl cuando pensaba en el joven y apuesto David[34]. La envidia de Claggart era más profunda. Si veía con recelo la apostura, la salud desbordante y la alegría de vivir de Billy Budd, era porque intuía que iban acompañadas de una naturaleza tan sencilla que jamás había sentido inquina por nadie ni había sufrido la mordedura de esa serpiente tan repulsiva. Para él, el espíritu inefable que moraba en el interior de Billy, y que asomaba a sus ojos cerúleos como por una ventana, era lo que causaba los hoyuelos de sus mejillas sonrosadas, prestaba agilidad a sus miembros y danzaba en sus rizos rubios para convertirlo en el marinero bonito por excelencia. Con una sola excepción, el maestro de armas era tal vez la única persona a bordo con la capacidad intelectual necesaria para apreciar el fenómeno moral que se daba en Billy Budd. Y esa perspicacia no hacía más que intensificar una pasión que adoptaba formas secretas en su interior y a veces tomaba la del desdén más cínico, el desdén por la inocencia: ¡nada menos que ser inocente! Sin embargo, de una manera estética apreciaba su encanto y aquel temperamento valiente y despreocupado, y le habría gustado compartirlos, aunque sabía que era imposible.