Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero Billy estaba más confundido que nunca. Las inútiles especulaciones en que se embarcaba le resultaban tan extrañas y turbadoras que procuró no pensar en ellas. Ni se le pasó por la cabeza que su deber fuese informar de aquel asunto tan extremadamente dudoso. Y es probable que, si le hubiesen aconsejado dar ese paso, se hubiese negado, convencido, con la generosidad del novato, de que serÃa una especie de delación. No dijo nada a nadie. Aunque, llegado el momento, no supo resistirse a la tentación de contárselo al viejo danés, tal vez animado por la influencia de una noche cálida en plena encalmada; los dos se encontraban en cubierta, callados y con la cabeza apoyada en la amurada. Aun asÃ, Billy solo le contó parte de lo sucedido y sin dar nombres, pues los escrúpulos infundados a los que hemos aludido antes le impedÃan ser más concreto. Al oÃr el relato de Billy, el sabio danés pareció adivinar más de lo que le habÃa contado; y, después de meditarlo un poco, con todas las arrugas concentradas en un único punto y sin la expresión de sorpresa que exhibÃa a veces, dijo:
—¿No te lo habÃa dicho, Bebé Budd?
—¿Qué? —preguntó Billy.
—Pues que Jemmy el Piernas te la tiene jurada.
—Y ¿qué tiene que ver Jemmy el Piernas con ese puñetero guardia de popa? —replicó sorprendido Billy.