Moby Dick. Version ilustrada
Moby Dick. Version ilustrada —¡Oh, verdes claros!, oh, inacabables paisajes del alma, siempre vernales; en vos… aunque hace tiempo agostado por la mortal sequÃa de la vida terrena… en vos pueden aún los hombres revolcarse como jóvenes caballos en el trébol de la mañana nueva; y durante unos pocos pasajeros instantes sentir el fresco rocÃo de la inmortal vida en sÃ. Dios quisiera que esas benditas calmas duraran. Mas las hebras mezcladas y mezclantes de la vida están tejidas por trama y urdimbre; calmas cruzadas por tormentas, una tormenta por cada calma. En esta vida no se da un constante progreso irreversible; no avanzamos a través de gradaciones establecidas y nos detenemos en la última: a través del hechizo inconsciente de la infancia, de la fe irreflexiva de la niñez, de la duda (la común condena) de la adolescencia, luego escepticismo, luego descreimiento, descansando al final en el ponderado reposo del «si» condicional de la madurez. Y una vez transcurrido volvemos a trazar la ronda; y somos niños, muchachos, y hombres, y eternamente somos sÃes condicionales. ¿Dónde está el puerto final de donde ya no zarpamos más? ¿En qué embelesado éter navega el mundo, del que los más cansados nunca se cansarán? ¿Dónde está oculto el padre del expósito? Nuestras almas son como esos huérfanos cuyas madres solteras mueren al parirlos: el secreto de nuestra paternidad descansa en su tumba, y allà debemos ir para averiguarlo.