Moby Dick. Version ilustrada

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Toda la estampa se desvaneció finalmente junto a la palidez de lo alto; y, una vez más, el Pequod y todas las almas en su cubierta, quedaron envueltos en un sudario. Pasaron unos instantes hasta que Starbuck, avanzando, tropezó con alguien. Era Stubb.

—¿Qué pensáis ahora, compañero? He escuchado vuestro grito; no era el mismo de la canción.

—No, no, no lo era; dije que Santelmo tuviera piedad de todos nosotros; y espero todavía que la tenga. Pero ¿sólo tiene piedad de las caras largas?… ¿No tiene agallas para reír? Y observe, señor Starbuck… aunque está demasiado oscuro para mirar. Escúcheme, entonces: considero esa llama que vimos en los palos una señal de buena suerte; pues esos mástiles están enraizados en una bodega que va a estar a rebosar de aceite de esperma, ¿no lo ve? Y, así, todo ese esperma ascenderá por los mástiles como la savia en un árbol. Sí, nuestros tres mástiles serán como tres cirios de esperma de ballena… Ése es el buen augurio que he visto.

En ese instante Starbuck captó la cara de Stubb, empezando lentamente a lucir a la vista. Alzando los ojos, gritó:

—¡Mirad! ¡Mirad!

Y de nuevo fueron observadas las altas y fluidas llamas con lo que parecía redoblada supernaturalidad en su decoloración.


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