Moby Dick. Version ilustrada
Moby Dick. Version ilustrada Para los marineros, la maldición es palabra cotidiana; maldecirán en el trance de la calma y en la boca de la tempestad; imprecarán maldiciones desde las vergas del mastelero de juanete mientras bruscamente se bambolean sobre un agitado mar; mas en todos mis viajes raramente he escuchado una vulgar maldición cuando el dedo ardiente de Dios se ha posado sobre el barco; cuando su «Mene, Mene, Tekel, Upharsin» ha sido tejido entre los obenques y el cordaje.
Mientras esta palidez ardía en lo alto, pocas palabras se escucharon de la hechizada tripulación, que, formando un cerrado grupo, permanecía en el castillo, todos sus ojos brillando en esa pálida fosforescencia como una lejana constelación de estrellas. Destacado contra la fantasmagórica luz, el gigantesco negro azabache, Daggoo, parecía erguirse hasta el triple de su estatura real, y semejaba la negra nube de la que había venido el trueno. La boca abierta de Tashtego mostraba sus blancos dientes de tiburón, que extrañamente brillaban como si también ellos hubieran sido tocados por los fuegos de Santelmo; mientras que, iluminados por la preternatural luz, los tatuajes de Queequeg ardían en su cuerpo como satánicas llamas azules.