Moby Dick. Version ilustrada
Moby Dick. Version ilustrada —¡San Telmo tenga piedad de todos nosotros! —volvió a gritar Stubb.
En la base del palo mayor, exactamente debajo del doblón y la llama, el parsi se arrodillaba frente a Ajab, aunque con su cabeza inclinada en otra dirección; mientras, cerca, desde la jarcia colgante y suelta donde habían estado ocupados asegurando una verga, unos marineros, interrumpidos por el resplandor, se apiñaban ahora, y colgaban pendularmente, como una maraña de entumecidas avispas de la rama doblada de un frutal. En distintas hechizadas actitudes, como los esqueletos en Herculano, en pie, o andando, o corriendo, otros permanecían enraizados en cubierta; pero todos con sus ojos alzados.
—¡Sí, sí, marineros! —gritó Ajab—. Miradlo, fijaos bien: ¡la llama blanca no hace sino iluminar el camino hacia la ballena blanca! Pasadme esos eslabones del palo mayor; me gustaría sentir este pulso, y dejar que el mío palpite contra él: ¡sangre contra fuego! Así.
Volviéndose entonces… el último eslabón sujeto en la mano izquierda, puso su pie sobre el parsi; y con los ojos fijos en lo alto y el brazo derecho alzado permaneció erguido ante la excelsa trinidad triplemente erizada de llamas.