Moby Dick. Version ilustrada

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Al escuchar a Starbuck, la aterrorizada tripulación corrió instantáneamente hacia las brazas… aunque no quedaba ni una vela izada. Durante un momento pareció que hacían suyos todos los aterrorizados pensamientos del oficial; alzaron un grito casi de amotinamiento. Mas, arrojando los resonantes eslabones del pararrayos a cubierta y aferrando el arpón ardiente, Ajab lo blandió entre ellos como si de una antorcha se tratara, jurando atravesar con él al primer marinero que soltara un solo cabo. Petrificados por su aspecto, y retrocediendo aún más por el ardiente dardo que sujetaba, los hombres volvieron a caer en el desaliento, y Ajab habló de nuevo:

— Todos vuestros juramentos de dar caza a la ballena blanca son tan vinculantes como el mío; y el viejo Ajab está comprometido en corazón, alma y cuerpo, pulmones y vida. Y para que sepáis al son de qué melodía late este corazón, observad aquí; ¡así apago yo el último temor! —y, con un soplo de su aliento, extinguió la llama.

Lo mismo que en el huracán que barre la llanura los hombres huyen de la cercanía de un solitario olmo gigante, cuya mera altura y fortaleza le hacen ser tanto más inseguro por ser tanto más diana para los rayos, así, ante esas últimas palabras de Ajab, muchos de los marineros huyeron de él con el terror del desaliento.


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