Moby Dick. Version ilustrada

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Eran un solo hombre, no treinta. Pues al igual que el único barco que a todos albergaba; aunque conformado de materiales contrastantes —madera de roble, y de arce, y de pino; hierro, y brea, y cáñamo—, todos no obstante se asociaban unos con otros en el único y concreto armazón que se lanzaba a la ruta, equilibrado y también dirigido por la larga quilla central; igual así, todas las individualidades de la tripulación, el valor de este hombre, el temor de aquel hombre; la culpa y la inocencia, todas las variedades estaban soldadas en unicidad, y todas iban dirigidas al fatal objetivo al que Ajab, su único señor y quilla, apuntaba.

La jarcia estaba viva. Los topes, como las copas de altas palmeras, rebosantemente poblados de una vegetación de brazos y piernas. Algunos, colgando de una percha con una mano, extendían la otra en impacientes gestos; otros, protegiéndose los ojos de la vívida luz del sol, se sentaban muy al exterior de las oscilantes vergas; toda la arboladura cargada hasta los topes de mortales, dispuestos y maduros para su destino. ¡Ah!, ¡cómo seguían esforzándose por descubrir en medio de ese infinito azul aquello que los destruiría!

—¿Por qué no lo cantáis, si es que lo veis? —gritó Ajab cuando, tras un lapso de algunos minutos desde el primer aviso, no se escuchó nada más—. Izadme, marineros; os han engañado: Moby Dick no suelta de esa manera un solo surtidor y luego desaparece.


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