Moby Dick. Version ilustrada

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—Nada, señor.

—¡Nada! ¡Y va a ser mediodía! ¡No hay postor para el doblón! ¡Observad el sol! Sí, sí, así debe ser. La he sobrepasado. ¿Cómo?, ¿llevo ventaja? Sí, él me persigue a mí ahora; no yo a él… malo es eso; debería haberlo sabido, además. ¡Necio!, las estachas… los arpones que remolca. Sí, sí, le he alcanzado durante la última noche. ¡Virad! ¡Virad! ¡Bajad todos, excepto los vigías de turno! ¡A las brazas!

Gobernando como lo había hecho, el viento había estado del Pequod más o menos a un largo, de manera que estando ahora orientado en la dirección opuesta, el barco braceado a ceñir venía al viento mientras volvía a batir la crema de su propia blanca estela.

—Contra el viento gobierna ahora, hacia la mandíbula abierta —murmuró Starbuck para sí mientras arrollaba la braza mayor, recién halada sobre la regala—. Que Dios nos guarde; aunque ya siento los huesos húmedos dentro de mí, y desde dentro mojan mi carne. ¡Me temo que desobedezco a mi Dios al obedecerle a él!

—¡Listos para izarme! —gritó Ajab, avanzando hasta el cesto de cáñamo—. Pronto la encontraremos.

—Sí, sí, señor —y al momento Starbuck cumplió los requerimientos de Ajab, y una vez más Ajab se balanceó en la altura.


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