Moby Dick. Version ilustrada

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—¡Frente contra frente os encuentro esta tercera vez, Moby Dick! ¡Eh, en cubierta!… Bracead más a ceñir; llevadlo a fil de roda. Todavía está demasiado lejos para arriar, señor Starbuck. ¡Las velas flamean! ¡Permaneced junto a ese timonel con una mandarria! Así, así; viaja deprisa, y yo debo bajar. Mas permitidme que eche otro vistazo al mar en rededor aquí arriba; hay tiempo para ello. Una vista vieja, vieja, y sin embargo en algún modo tan joven… sí, y no ha cambiado ni un ápice desde la primera vez que la vi, de muchacho, ¡desde las colinas de arena de Nantucket! ¡La misma!… ¡la misma!… la misma para Noé que para mí. Hay una ligera llovizna a sotavento. ¡Qué encantadoras vistas a sotavento! Han de llevar a alguna parte… a algo más que la común tierra firme, más feraz que las feraces tierras tropicales. ¡Sotavento!, la ballena blanca va en esa dirección; observemos a barlovento, entonces; el mejor de los cuartos, aunque el más amargo. ¡Pero adiós, adiós, viejo tope! ¿Qué es esto?… ¿verde? Sí, diminutos mohos en estas retorcidas grietas. ¡No hay tales manchas verdes de intemperie en la cabeza de Ajab! Ahí está, entonces, la diferencia entre la vejez del hombre y la de la materia. Aunque sí, viejo mástil, ambos envejecemos juntos, sanos, no obstante, en nuestras cascos: ¿no lo estamos, barco mío? Sí, a falta de una pierna, eso es todo. Por los Cielos que esta madera muerta es mejor en cualquier sentido que mi carne viva. No me puedo comparar con ella; y he conocido algunos barcos hechos con árboles muertos que sobrepasan las vidas de hombres hechos con la más vital materia de los vitales padres. ¿Qué es lo que dijo?: aún debería precederme, mi piloto; ¿y sin embargo ser visto de nuevo? ¿Pero dónde? ¿Tendré ojos en el fondo del mar, suponiendo que descienda esas escaleras sin fin? Y toda la noche he estado navegando alejándome de él, dondequiera que se hundiese. Sí, sí, como muchos otros, dijisteis desoladora verdad en referencia a vos mismo, oh, parsi; pero, sobre Ajab, vuestro tiro ahí quedó corto. Adiós, tope… no le quitéis el ojo a la ballena mientras me ausento. Mañana hablaremos; no, esta noche, cuando la ballena blanca yazga ahí abajo, atada por la cabeza y por la cola.


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