Moby Dick. Version ilustrada

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Ya fuera por estar agotada de los tres días de constante acoso y por la resistencia a su nadar del enmarañado obstáculo que portaba; o ya fuera por cierta latente impostura y malicia en ella; fuese cual fuera lo cierto, la marcha de la ballena blanca empezó ahora a disminuir, como constataba el acercamiento, tan rápido una vez más, de la lancha hacia ella; aunque, de hecho, la última ventaja de la ballena no había sido tan grande como antes. Y mientras Ajab se deslizaba sobre las olas, todavía los despiadados tiburones le acompañaban, y de modo tan pertinaz se mantenían junto a la lancha, y de tan continua manera mordían los moldeados remos, que las palas quedaron arratonadas y dentelleadas, y dejaban pequeñas astillas en el mar casi cada vez que se sumergían.

—¡No les prestéis atención!, esos dientes sólo aportan toletes nuevos a vuestros remos. ¡Seguid remando!, la mandíbula del tiburón es mejor apoyo que el del agua que cede.

—¡Pero señor, con cada mordisco las finas palas quedan cada vez más pequeñas!




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