Moby Dick. Version ilustrada

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Pero justo entonces sucedió que al capitán le llegó el momento de andarse con ojo propio. La enorme tensión sobre la vela mayor había roto la escota de barlovento, y la tremenda botavara estaba ahora volando de lado a lado, barriendo enteramente toda la parte posterior de la cubierta. El pobre tipo al que Queequeg había tratado con tanta rudeza fue arrojado por la borda, toda la tripulación estaba presa del pánico, e intentar agarrar la botavara para fijarla parecía una locura. Volaba de derecha a izquierda, y de nuevo de vuelta, casi en un tictac de reloj, y cada instante parecía estar a punto de troncharse en astillas. Nada se hacía y nada parecía poder hacerse; los que estaban en cubierta se desplazaron apresuradamente hacia proa, y se quedaron observando el botalón como si fuera la mandíbula inferior de una ballena exasperada. En medio de esta conmoción, Queequeg se dejó caer hábilmente de rodillas y, gateando bajo el recorrido de la botavara, se hizo con un cabo, aseguró un extremo a la amurada, y lanzando el otro como un lazo, lo pasó alrededor de la botavara cuando ésta pasaba sobre su cabeza, y en el siguiente tirón la percha quedó de esta forma sujeta, y todo quedó a salvo. La goleta se metió en viento, y mientras los tripulantes estaban preparando el bote de popa, Queequeg, desnudo de cintura para arriba, se lanzó desde el costado haciendo un arco largo y ágil en el salto. Durante tres minutos o más se le vio nadando como un perro, echando sus largos brazos directamente ante él, y sacando a intervalos sus morenos hombros por entre la gélida espuma. Yo observaba al magnífico y glorioso individuo, pero no veía a nadie a quien salvar. El paleto se había sumergido. Alzándose a sí mismo perpendicularmente en el agua, Queequeg echó ahora una instantánea ojeada a su alrededor, y viendo aparentemente cuál era la situación exacta, se zambulló y desapareció. Unos minutos más y volvió a surgir, batiendo todavía un brazo, y arrastrando con el otro un bulto sin vida. La lancha pronto los recogió. El pobre palurdo fue revivido. Toda la tripulación decidió que Queequeg era un noble camarada; el capitán le pidió perdón. Desde ese momento yo me pegué a Queequeg como una lapa; sí, señor, hasta que el pobre Queequeg se dio su última larga zambullida.


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