Moby Dick. Version ilustrada

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Ahora bien, por muy ridículo que en principio pueda parecer hablar de la piel de una criatura diciendo que es de esa consistencia y grosor, no obstante, de hecho, éstos no son argumentos en contra de tal presunción; pues del cuerpo de la ballena no puedes desprender ninguna otra capa envolvente, salvo ese mismo lardo; y la capa envolvente más exterior de cualquier animal, si es razonablemente densa, ¿qué puede ser, sino la piel? Cierto, del cuerpo muerto y no deteriorado de la ballena puedes raspar con la mano una sustancia infinitamente fina y transparente, que en cierto modo recuerda a las lascas de mica, aunque es casi tan flexible y suave como el satén; es decir, antes de secarse, momento en que no sólo se contrae y espesa, sino que se hace más bien dura y quebradiza. Yo poseo varios pedazos secos de éstos, que utilizo como señaladores en mis libros balleneros. Es transparente, como he dicho antes; y al colocarla sobre la página impresa, a veces me he entretenido imaginándome que hacía un efecto de aumento. En cualquier caso, resulta agradable leer sobre las ballenas, como si dijéramos, a través de sus propias gafas. Mas a lo que aquí voy es a esto. Esa misma sustancia infinitamente delgada, como lascas de mica, que, admito, reviste el cuerpo entero de la ballena no ha de ser considerada tanto la piel de la criatura, como la piel de la piel, por así decirlo; pues sería simplemente ridículo decir que la propia piel de la tremenda ballena es más delgada y más delicada que la de un niño recién nacido. Pero basta de esto.


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