Moby Dick. Version ilustrada
Moby Dick. Version ilustrada La escotilla, retirada de la parte superior del fogón, constituía ahora un amplio hogar a su frente. De pie sobre ella estaban las tartáreas siluetas de los paganos arponeros, que en el barco de la pesca de la ballena siempre son los fogoneros. Con enormes pértigas de horquilla echaban silbantes masas de lardo a los ardientes calderos, o avivaban el fuego debajo hasta que surgían las serpenteantes llamas, rizándose fuera de las puertas para cazarlos por los pies. El humo se escapaba en oscuras bocanadas. Por cada cabezada del barco había una cabezada del aceite hirviendo, que parecía ansioso por saltar a sus caras. Enfrente de la boca del fogón, en el lado más lejano del amplio hogar de madera, estaba el molinete. Servía éste como sofá de barco. Aquí haraganeaba la guardia cuando no estaba ocupada en otra cosa, mirando en el calor rojo del fuego hasta que sentían los ojos socarrarse en la cabeza. Sus rasgos morenos, sucios ahora del sudor y del humo, sus deslucidas barbas, y el discordante brillo agreste de sus dentaduras, todo ello, surgía de insólita manera en las caprichosas llamaradas de la caldera. Mientras unos a otros narraban sus pérfidas aventuras, sus relatos de terror referidos con palabras de regocijo; mientras su incivilizada risa se ahorquillaba brotando de ellos hacia arriba, como las llamas desde los hornos; mientras de aquí para allá, frente a ellos, los arponeros gesticulaban brutalmente con sus enormes horquillas y cazos; mientras el viento aullaba, y el mar se alzaba, y el barco crujía y cabeceaba, y aun así propulsaba firmemente su rojo infierno más y más dentro de la oscuridad del mar y de la noche, y con desprecio masticaba el blanco hueso en su boca, y fieramente escupía a su alrededor por todas partes, el impetuoso Pequod, cargado de salvajes y lastrado de fuego, y quemando un cadáver, y sumergiéndose en la oscuridad de las tinieblas, semejaba entonces el trasunto material de la monomaníaca alma de su comandante.