Moby Dick. Version ilustrada

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Pero esa noche, en particular, algo extraño (y desde entonces inexplicable) me ocurrió. Al despabilarme de una breve cabezada en pie, fui consciente con horror de que algo estaba fatídicamente mal. La caña de hueso de quijada me golpeaba en el costado que se recostaba sobre ella; en mis oídos escuchaba el mortecino susurrar de las velas, que empezaban a agitarse al viento; creía tener los ojos abiertos; fui medio consciente de llevar los dedos a los párpados y mecánicamente separarlos aún más. Pero, a pesar de todo esto, aunque apenas parecía haber transcurrido un minuto desde que había estado observando la rosa de los vientos a la luz de la firme lámpara de la bitácora que la iluminaba, ante mí no veía compás alguno con el que navegar. Nada se diría que había delante de mí salvo una negra oscuridad, erizada a intervalos por destellos rojizos. Lo principal era la impresión de que fuera lo que fuese el raudo y ligero objeto sobre el que estaba, no se dirigía rumbo hacia algún puerto a su frente, sino que se alejaba veloz de todos los puertos, a popa. Me embargó una intensa y perpleja sensación como de muerte. Convulsivamente, mis manos agarraron la caña, pero con la absurda noción de que la caña, de algún modo, de alguna hechizada manera, estaba invertida. ¡Dios mío!, ¿qué me ocurre a mí?, pensé. ¡Eso era!, en mi breve sueño me había dado la vuelta y estaba frente a la popa del barco, dando la espalda a la proa y al compás. En un instante me giré, justo a tiempo de evitar que el navío virara contra el viento, y probablemente de volcarlo. ¡Qué grato y qué gozoso verse libre de esta antinatural alucinación de la noche, y de la fatal contingencia de ser arrastrado a sotavento!


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