Moby Dick. Version ilustrada

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Por suerte, habían tenido una ballena al costado un día o dos antes, y los grandes aparejos estaban todavía en lo alto, y el descomunal gancho curvo del lardo, ahora limpio y seco, estaba aún sujeto al extremo. Éste se bajó rápidamente hacia Ajab, que comprendiéndolo todo al instante, pasó su solitario muslo por la curva del gancho (era como sentarse en la uña de un ancla o en la horcadura de un manzano) y, dando entonces la voz, se sujetó firme, y al mismo tiempo ayudó también a izar su propio peso, halando mano sobre mano de una de las partes móviles del aparejo. Pronto fue cuidadosamente columpiado al interior de las altas amuradas, y suavemente posado sobre la parte alta del cabrestante. El otro capitán avanzó con su brazo de marfil tendido francamente en gesto de bienvenida, y Ajab, sacando su pierna de marfil, y cruzando con ella el brazo (como dos hojas de pez espada), gritó con su aire de morsa:

—¡Sí, sí, cofrade!, ¡choquemos juntos los huesos!… ¡Un brazo y una pierna!… Un brazo que nunca se puede echar atrás, ya veis; y una pierna que nunca puede huir. ¿Dónde visteis a la ballena blanca?… ¿cuánto hace?

—La ballena blanca —dijo el inglés, señalando con su brazo de marfil hacia el este, y echando una compungida ojeada a lo largo de él, como si fuera un telescopio—… Allí la vi, en el ecuador, la última campaña.


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