Moby Dick. Version ilustrada

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—No, yo no lo sé —dijo el capitán—, pero su madre sí lo sabía; nació con ello. ¡Ah, tú, Bunger… eres un solemne rufián!, ¿hubo alguna vez otro Bunger semejante[124] en el mundo acuático? Bunger, cuando te mueras, deberías morirte en vinagre, perro; deberías ser preservado para épocas futuras, granuja.

—¿Qué fue de la ballena blanca? —gritó ahora Ajab, que hasta entonces había estado escuchando impacientemente este toma y daca entre los dos ingleses.

—¡Ah! —gritó el capitán manco—, ¡ah, sí! Bueno; después de que se sumergió no la volvimos a ver durante cierto tiempo; de hecho, como apunté antes, entonces yo no sabía qué ballena me había hecho semejante gracia, hasta que cierto tiempo después, al regresar al ecuador, escuchamos hablar de Moby Dick… como algunos la llaman… y entonces supimos que era ella.

—¿Volvisteis a cruzar su estela?

—Dos veces.

—¿Y no pudisteis aferrar?

—No quisimos intentarlo: ¿no basta con un miembro? ¿Qué debo hacer con este otro brazo? Y estoy pensando en que Moby Dick no muerde tanto como traga.


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