Moby Dick

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—¡Mirad arriba! —exclamó Starbuck—. ¡El fuego de Santelmo! ¡El fuego de Santelmo!

Todos los brazos de las vergas estaban rematados por una pálida llama; y en cada extremo de tres puntas del pararrayos, tocado con tres fluidas llamas blancas, cada uno de los tres grandes mástiles ardía silenciosamente en medio de aquel aire sulfuroso, como tres gigantescos cirios de cera ante un altar.

—¡Condenada lancha!, ¡soltadla! —gritó Stubb en ese instante, al levantar un embate del mar su propia pequeña nave, de manera que la borda le pilló bruscamente la mano mientras estaba pasando una cuerda—. ¡Condenada!

Pero, resbalándose hacia atrás en cubierta, sus ojos dirigidos a lo alto captaron las llamas; e inmediatamente, cambiando de tono, gritó:

—¡Tenga san Telmo piedad de todos nosotros!

Para los marineros, la maldición es palabra cotidiana; maldecirán en el trance de la calma y en la boca de la tempestad; imprecarán maldiciones desde las vergas del mastelero de juanete mientras bruscamente se bambolean sobre un agitado mar; mas en todos mis viajes raramente he escuchado una vulgar maldición cuando el dedo ardiente de Dios se ha posado sobre el barco; cuando su «Mene, Mene, Tekel, Upharsin» ha sido tejido entre los obenques y el cordaje.


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