Moby Dick
Moby Dick —Oh, muchacho, tampoco yo os dejaré a vos, a no ser que con ello os arrastrara a peores horrores que los que hay aquÃ. Venid entonces a mi cabina. ¡Observad!, vos, creyentes en dioses todo bondad, y en hombres todo maldad: ¡observad vos!, ved a los omniscientes dioses ajenos al hombre que sufre; y al hombre, aunque idiota, y sin saber lo que hace, aun asà lleno de las dulzuras del amor y la gratitud. ¡Venid!, ¡me siento más orgulloso conduciéndoos a vos de vuestra negra mano, que si agarrara la de un emperador!
—Ahà van ahora dos enajenados —murmuró el viejo de la isla de Man—. Uno enajenado de vigor, el otro enajenado de debilidad. Mas aquà está el extremo del cordel podrido… chorreando, además. Repararlo, ¿eh? Creo que mejor serÃa hacernos con un cordón completamente nuevo. Se lo diré al señor Stubb.