Moby Dick
Moby Dick Entretanto, el foráneo todavÃa estaba ahora implorando su magro favor a Ajab; y Ajab aún permanecÃa como un yunque, recibiendo cada golpe, mas sin el menor temblor por su parte.
—No me marcharé –dijo el extraño– hasta que me digáis sÃ. Haced conmigo lo que desearÃais que yo hiciera con vos en caso similar. Pues vosotros también tenéis un hijo, capitán Ajab… aunque sólo un niño y recogido ahora a salvo en casa… un niño de vuestra senectud, además… SÃ, sÃ, os ablandáis; lo veo… Rápido, rápido, marineros, atentos a bracear en cruz.
—¡Alto! –gritó Ajab–. No toquéis ni una filástica de cabo.
Y entonces, con voz que modulaba prolongadamente cada palabra…
—Capitán Gardiner, no lo haré. Incluso ahora pierdo tiempo. Adiós, adiós. Dios os bendiga, amigo, y pueda yo perdonarme, mas debo partir. Señor Starbuck, mirad el reloj de la bitácora, y dentro de tres minutos a partir de este mismo instante advertid a todos los extraños: después bracead en viento de nuevo, y que el barco navegue como antes.