Moby Dick
Moby Dick Ahora bien, la primera vez que Ajab fue izado a lo alto, antes de que llevara allí diez minutos, uno de esos feroces halcones marinos de pico rojo, que con tanta frecuencia en estas latitudes vuelan incomodantemente cerca, en torno a los topes ocupados de los balleneros; uno de estos pájaros vino rotando y gritando alrededor de su cabeza en un laberinto de rápidos círculos irrastreables. Después salió disparado mil pies directamente a lo alto en el aire; se dejó caer entonces en espiral hacia abajo, y giró en remolino sobre su cabeza.
Pero con su vista fija sobre el oscuro y distante horizonte, Ajab pareció no fijarse en este fiero pájaro; tampoco, de hecho, ningún otro se había fijado mucho en él, siendo no infrecuente la circunstancia; con la excepción de que ahora casi el ojo menos observador parecía ver alguna especie de artero significado prácticamente en cada imagen.
—¡Vuestro sombrero, vuestro sombrero, señor! —gritó repentinamente el marino siciliano, que al estar situado en el tope de mesana, estaba directamente detrás de Ajab, aunque algo más abajo de su nivel y con un profundo golfo de aire separándoles.
Pero ya la negra ala estaba ante los ojos del viejo; el largo pico ganchudo en su cabeza: con un grito, el negro halcón se alejó rápidamente con su premio.