Moby Dick

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Volviéndose apresuradamente, con rostro encubierto, descendió a su cabina, dejando al capitán foráneo paralizado ante esta incondicional y absoluta negativa a su ferviente requerimiento. Pero, espabilándose de su embeleso, Gardiner se apresuró silenciosamente hacia el costado; más que descender, cayó a su lancha, y regresó a su barco.

Pronto los dos barcos distanciaron sus estelas; y todo el tiempo que el navío extraño estuvo a la vista fue observado dando bandazos aquí y allá en cada zona oscura del mar, por pequeña que fuera. Sus vergas eran orientadas a uno y otro lado; a estribor y babor continuó dando bordadas; golpeaba ahora contra un mar de proa y de nuevo le empujaba uno de popa; mientras, constantemente, sus mástiles y sus vergas estaban espesamente poblados de hombres, como tres altos cerezos cuando los chiquillos cosechan entre las ramas.

Y por su rumbo interrumpido y su virar, veías claramente que este barco que así gemía con la rociada seguía sin consuelo. Era Raquel, gimiendo por sus hijos, porque no estaban.




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