Moby Dick
Moby Dick El fogoso Pequod navegaba; pasaban las ondulantes olas y los ondulantes días; el salvavidas-ataúd seguía colgando, liviano; y otro barco, muy mísera y erróneamente llamado Deleite, fue divisado. Cuando se acercó, todos los ojos se fijaron en los anchos baos, llamados cizallas, que en algunos barcos balleneros cruzan el alcázar a una altura de ocho o nueve pies; y que sirven para colocar las lanchas de reserva, las no aparejadas, o las descompuestas.
Sobre las cizallas del foráneo se observaban las destrozadas blancas cuadernas y algunas planchas astilladas de lo que una vez había sido una lancha ballenera; aunque ahora veías a través de este pecio con tanta claridad como se ve a través del despellejado y medio desarticulado esqueleto blanqueado de un caballo.
—¿Habéis visto a la ballena blanca?
—¡Observad! –replicó desde su coronamiento el capitán de huecas mejillas; y con su bocina señaló el pecio.
—¿La habéis matado?