Moby Dick

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131.
El Pequod encuentra al Deleite

El fogoso Pequod navegaba; pasaban las ondulantes olas y los ondulantes días; el salvavidas-ataúd seguía colgando, liviano; y otro barco, muy mísera y erróneamente llamado Deleite, fue divisado. Cuando se acercó, todos los ojos se fijaron en los anchos baos, llamados cizallas, que en algunos barcos balleneros cruzan el alcázar a una altura de ocho o nueve pies; y que sirven para colocar las lanchas de reserva, las no aparejadas, o las descompuestas.

Sobre las cizallas del foráneo se observaban las destrozadas blancas cuadernas y algunas planchas astilladas de lo que una vez había sido una lancha ballenera; aunque ahora veías a través de este pecio con tanta claridad como se ve a través del despellejado y medio desarticulado esqueleto blanqueado de un caballo.

—¿Habéis visto a la ballena blanca?

—¡Observad! –replicó desde su coronamiento el capitán de huecas mejillas; y con su bocina señaló el pecio.

—¿La habéis matado?


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