Moby Dick
Moby Dick —Aquà estuvo en este instante; estoy en su aire… pero estoy solo. Ahora, si al menos estuviera aquà el pobre Pip, lo podrÃa soportar, pero está perdido. ¡Pip! ¡Pip! ¡Ding, dong, ding! ¿Quién ha visto a Pip? Debe estar aquà arriba; probemos la puerta. ¿Qué?, ni cerradura, ni cerrojo, ni barra; y aun asà no hay modo de abrirla. Debe ser el conjuro; me dijo que me quedara aquÃ. SÃ, y me dijo que esta silla atornillada era mÃa. AquÃ, entonces, me sentaré yo, contra el yugo, en la misma mitad del barco, toda su quilla y sus tres mástiles ante mÃ. AquÃ, dicen nuestros viejos marineros, los grandes almirantes a veces se sientan a la mesa en sus negros setenta y cuatros[149], y la presiden sobre filas de capitanes y tenientes. ¡Ja!, ¿qué es esto?, ¡charreteras!, ¡charreteras!, ¡las charreteras vienen todas empujando! Pasad los decantadores; encantado de veros; ¡escanciad, monsieurs! ¡Que extraña sensación, eh, cuando un muchacho negro es anfitrión de hombres blancos con encaje de oro en sus levitas!… Monsieurs, ¿habéis visto a un tal Pip?… Un pequeño muchacho negro, de cinco pies de alto, ¡abyecta y cobarde apariencia! Saltó una vez de una lancha ballenera… ¿le habéis visto? ¡No! Bien, entonces escanciad de nuevo, capitanes, y brindemos: ¡vergüenza a todos los cobardes!… ¡Chss!, ahà arriba escucho marfil… ¡Oh, amo, amo! En verdad me siento desconsolado cuando andáis por encima de mÃ. Pero aquà me quedaré, aunque su popa choque contra rocas; y éstas penetren; y las ostras vengan a unÃrseme.