Moby Dick
Moby Dick En este presagiante intervalo desapareció, además, todo humor, tanto forzado como natural. Stubb ya no se esforzó por provocar una sonrisa; Starbuck ya no se esforzó por refrenarla. La alegría y la pena, la esperanza y el miedo parecían igualmente molidas hasta el más fino de los polvos y, por el momento, pulverizadas en el inflexible mortero del alma de hierro de Ajab. Como máquinas se movían neciamente por la cubierta, siempre conscientes de que el ojo déspota del viejo estaba sobre ellos.