Moby Dick
Moby Dick Mas si le hubierais escrutado en profundidad durante sus más secretas y confidenciales horas, cuando creía que ninguna mirada, salvo una, estaba sobre él, entonces habríais visto que al igual que los ojos de Ajab infundían en la tripulación tamaño terror reverencial, la mirada inescrutable del parsi se lo infundía a él; o al menos, de algún modo, de algún salvaje modo, a veces lo parecía. Tal añadida e inadvertida rareza comenzó ahora a revestir al delgado Fedallah, tales incesantes temblores le afectaban, que los hombres le miraban desconfiados; medio dudando, así parecía, que efectivamente fuera una substancia mortal, y no una trémula sombra arrojada sobre cubierta por el cuerpo de un ser oculto. Y esa sombra siempre estaba allí, planeando. Pues ni siquiera de noche se había sabido con certeza de Fedallah que dormitara, o que se fuera abajo. Se quedaba quieto durante horas: y nunca se sentaba o se reclinaba; sus pálidos aunque prodigiosos ojos decían claramente… Nosotros dos, vigías, nunca descansamos.