Moby Dick
Moby Dick En lo alto, como un augusto zar y rey, el sol parecÃa entregar ese gentil aire a ese osado y ondulante mar; lo mismo que al novio la prometida. Y en la lÃnea que orillaba el horizonte, un movimiento suave y trémulo —frecuente de ver aquà en el ecuador— indicaba la tierna, palpitante confianza, los cariñosos sobresaltos, con los que la pobre novia ofrendaba su seno.
Amarrado y retorcido; nudoso y sarmentoso de arrugas; indomablemente firme y resistente; sus ojos refulgiendo como el carbón que todavÃa brilla entre las cenizas de la ruina, Ajab se mantenÃa firme en la claridad de la mañana; alzando el fragmentado casco de su testuz a la frente de bella doncella del cielo.
¡Oh, infancia inmortal, y candor del color celeste! ¡Aladas criaturas invisibles que jugueteáis a nuestro alrededor! ¡Dulce niñez del aire y del cielo! ¡Qué ajenas erais a la enrevesada maldición del viejo Ajab! Mas asà he visto yo a las pequeñas Miriam y Marta, ninfas de ojos risueños, correteando despreocupadamente alrededor de su anciano padre; solazándose con el cÃrculo de chamuscados mechones que crecÃan en el borde de ese calcinado cráter de su cerebro.