Moby Dick
Moby Dick Cruzando lentamente la cubierta desde el escotillón, Ajab se inclinó por la borda, y observó cómo, ante su mirada, su sombra se hundÃa y se hundÃa en el agua, cuanto más y más se esforzaba por penetrar la profundidad. Pero los seductores aromas de ese aire encantado finalmente parecieron dispersar por un instante lo canceroso de su alma. Esa atmósfera jovial y feliz, ese dulce cielo, finalmente le tocó y le acarició; la madre putativa tierra, tanto tiempo cruel —hostil—, tendió ahora afectuosos brazos alrededor de su obstinado cuello, y pareció sollozar gozosamente sobre él, como si fuera alguien que, por muy tozudo y errado, aún en su corazón pudiera salvar y bendecir. De debajo de su sombrero gacho, Ajab dejó caer una lágrima al mar; y no contenÃa el PacÃfico entero tanta riqueza como esa única diminuta gota.
Starbuck vio al viejo; vio cómo se inclinaba pesadamente sobre la borda; y le pareció escuchar en su propio sincero corazón, el inconmensurable sollozo que se escamoteaba del centro de la serenidad circundante. Con cuidado de no tocarle, o de ser advertido por él, aun asà se le acercó, y allà se quedó.
Ajab se volvió.
—¡Starbuck!
—Señor.