Moby Dick

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Tampoco, en ningún momento, ni de día ni de noche, podían los marineros subir ahora a cubierta sin que Ajab estuviera ante ellos; bien en pie en su cavidad de pivote, o bien paseando con exactitud las planchas entre dos indescarriantes límites… el palo mayor y el de mesana; o, si no, le veían plantado en el escotillón de la cabina… su pie vivo avanzado sobre cubierta, como si fuera a salir; su sombrero embutido con fuerza sobre los ojos; de manera que por muy quieto que estuviera, por mucho que pasaran los días y las noches en que no se había mecido en su coy, no obstante, oculto bajo ese sombrero gacho, no podían decir sin posibilidad de equivocación si a pesar de todo sus ojos estaban verdaderamente cerrados a veces, o si él seguía examinándolos firmemente; por mucho que estuviera así en el escotillón durante una hora entera seguida, y la ignorada humedad nocturna fuera recogida en gotas de rocío sobre esa levita y ese sombrero tallados en piedra. La ropa que la noche había mojado, el sol del día siguiente la secaba sobre él; y así, día tras día, y noche tras noche, no volvió a bajar bajo las planchas. Lo que quiso de la cabina, lo mandó buscar.





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