Moby Dick
Moby Dick Comía también al aire libre; es decir, sus dos únicas comidas… desayuno y cena, el almuerzo nunca lo tocaba; ni recortaba su barba, que oscuramente crecía toda retorcida, como raíces excavadas de árboles tumbados por el viento, que aunque extinguidos en el verdor superior, aún crecen ociosamente en la desnuda base. Mas aunque su vida entera se había vuelto ahora una guardia en cubierta; y aunque la mística vigilancia del parsi era igual de ininterrumpida que la suya, los dos nunca, sin embargo, parecían hablar —un hombre al otro— a no ser que, a largos intervalos, algún asunto sin importancia lo hiciera necesario. Y a pesar de que tan potente encantamiento se diría que secretamente unía a la pareja; abiertamente, y para la impresionada tripulación, parecían separados como polos opuestos. Si de día daban en hablar alguna palabra, de noche ambos eran mudos, al menos en lo referente a todo intercambio verbal. A veces, durante largas horas, sin un solo saludo, permanecían muy alejados a la luz de las estrellas; Ajab en el escotillón, el parsi en el palo mayor; aunque mirándose fijamente el uno al otro, como si Ajab viera en el parsi su previamente arrojada sombra, el parsi en Ajab su abandonada substancia.